Como licenciada en filosofía y oriunda de Taltal, observo con preocupación el impacto que el Proyecto INNA puede generar en nuestra comunidad.

No solo se trata de una intervención territorial con consecuencias ambientales, sino de una transformación profunda en la identidad y el arraigo de quienes habitamos este espacio. La filosofía, a través de pensadores como Hans Jonas y Emmanuel Levinas, nos brinda herramientas para reflexionar sobre la responsabilidad ética que implica una iniciativa de esta magnitud.

Desde la perspectiva de Jonas, la tecnología y el progreso no pueden desvincularse de su impacto en el entorno. Su principio de responsabilidad nos llama a pensar más allá del presente inmediato y considerar las consecuencias a largo plazo de nuestras acciones sobre la naturaleza y las futuras generaciones, todo esto ante el hecho de que los seres humanos somos los únicos seres con responsabilidad. Es decir, recae en nosotros preservar la naturaleza de la vida, la deliberación ante una acción pensando en el futuro.

El proyecto INNA

¿Quién responderá por los cambios irreversibles que podría traer el Proyecto INNA? ¿Bajo qué criterios se mide el beneficio de la intervención, si no se incluyen las voces de la comunidad ni se pondera el costo ambiental?

Por otro lado, Emmanuel Levinas nos invita a pensar en el otro, en la necesidad ética de reconocer el rostro de quien sufre y asumir la responsabilidad por su bienestar. En este caso, el otro no es solo la comunidad de Taltal, que podría ver alterado su entorno y su modo de vida, sino también la naturaleza misma. La tierra, los ecosistemas y el mar no pueden ser meros recursos a explotar sin considerar el daño que se inflige.

La filosofía nos recuerda que nuestro deber no es solo con lo útil y rentable, sino con aquello que, aunque vulnerable, tiene un valor propio. El reconocer la cara del otro permite que exista una responsabilidad del ser humano, nuestra responsabilidad hoy es que este proyecto no invisibilice el rostro del otro, sino que lo eleve a la consciencia del vivir en comunidad, una vida digna, este otro tiene muchos rostros que se deben preservar y es nuestro deber hacerlo.

Este proyecto INNA no solo pone en riesgo el equilibrio ambiental de nuestra región, sino que amenaza con despojar a la comunidad de un espacio que forma parte de su identidad y su historia. La relación con el territorio no es meramente utilitaria; es afectiva, cultural y existencial. La pérdida de un lugar no es solo la desaparición de un paisaje, sino el quiebre de un lazo profundo con lo que nos define.

Frente a esto, no podemos ser espectadores pasivos. Como sociedad, debemos exigir que las decisiones sobre nuestro entorno se tomen con una mirada ética, que considere la responsabilidad intergeneracional y el respeto por el sentir de quienes habitan estos espacios. Como licenciada en filosofía, mi compromiso es aportar a esta discusión una reflexión crítica que ponga en el centro aquello que no debe ser ignorado: la vida, en todas sus formas, merece ser respetada y protegida.

El interés por el otro es necesario, el avance tecnológico y el avance económico no pueden ir de la mano con la invisibilidad de lo real, de lo que existe y de lo que existió incluso antes que nosotros.

Daniela Marín Egaña
Licenciada en Filosofía

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