En las últimas semanas, hemos sido testigos de una escalada de violencia en las escuelas, que ha dejado a muchos de nosotros conmocionados y preocupados. Sin embargo, la verdad es que la violencia en las aulas no es un fenómeno nuevo, sino que es una realidad que muchos profesores enfrentan a diario.
Estamos en una crisis. La violencia en las aulas es un problema que requiere atención inmediata y soluciones efectivas. La violencia no solo proviene de estudiantes con necesidades especiales, sino también de estudiantes sin diagnóstico y de apoderados que en ocasiones tienen actitudes delictuales. La violencia psicológica y física es una constante en muchas escuelas del país.
La violencia en las aulas se manifiesta de diversas maneras:
• La violencia entre estudiantes, que se manifiesta en peleas, agresiones y bullying.
• El desprecio y la falta de respeto que algunos estudiantes muestran hacia los profesores en el aula, como por ejemplo, el uso del teléfono celular durante las clases, maquillarse o hacer otras actividades que demuestran una falta de interés y respeto hacia la labor del profesor.
Estas acciones no solo son una forma de agresión hacia el profesor, sino que también crean un entorno de aprendizaje hostil y estresante.
• La falta de responsabilidad de los apoderados, que no solo no se acercan al colegio para justificar la ausencia o el comportamiento de su hijo, no se comunican con los profesores para conocer el progreso de su hijo, o no apoyan a los profesores en la corrección de las faltas de su hijo, sino que también, en muchas ocasiones, cuando finalmente se acercan, justifican el actuar violento de sus hijos, minimizando o negando la gravedad de sus acciones.
• La irresponsabilidad en la puntualidad de los estudiantes a la hora de entrar a clases en las mañanas y durante los periodos, lo que interrumpe el normal desarrollo de las clases y afecta la concentración y el aprendizaje de los demás estudiantes. En muchas oportunidades, cuando llegan atrasados, ni siquiera saludan o piden permiso para entrar, demostrando una falta de respeto hacia el profesor y sus compañeros.
Pero la violencia no solo proviene de los estudiantes y apoderados. También proviene de los directivos y empleadores, que a menudo invisibilizan estas situaciones y solo activan protocolos que protegen a los estudiantes, dejando a los profesores vulnerables y sin apoyo.
Además, la incompatibilidad horaria entre el trabajo y la vida familiar es un problema constante. Los hijos entre 0 y 4 años ingresan al jardín a las 8:30, pero los profesores deben ingresar a las 8:00. Esto significa que muchos de nosotros debemos dejar a nuestros hijos en el jardín antes de que abra, o buscar alternativas de cuidado que no siempre son accesibles o asequibles.
La inestabilidad laboral es otra forma de violencia que enfrentamos los profesores. Un año tengo trabajo, el otro no lo sé. La incertidumbre y la precariedad son una constante en nuestra profesión.
Además, la Superintendencia de Educación promueve a los estudiantes aun cuando no cumplen con los objetivos curriculares y justifica situaciones de violencia hacia miembros de la comunidad educativa, devolviéndolos a sus colegios luego de ser expulsados, nuevamente invisibilizando la violencia, perdonando al estudiante, sin apoyar al miembro de la comunidad educativa que fue vulnerado.
Lamentablemente, las leyes del país han llevado a la educación a este punto. En definitiva, los colegios se han convertido en guarderías donde no podemos corregir actitudes negativas de los estudiantes, solo debemos cuidarles. Enseñar en algunos lugares se ha vuelto muy difícil, ya que la priorización de la protección de los estudiantes sobre la de los profesores ha creado un entorno hostil y peligroso para aquellos que se dedican a enseñar.
Es hora de hablar claro y de buscar soluciones reales.
Por Alex Lozano Melivilu
Profesor, miembro del Colegio de Profesores