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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

El gobierno argentino de Javier Milei busca autorización para obtener créditos por hasta US$3.500 millones destinados a adquirir tres submarinos y dos fragatas, generando interés en las capacidades militares del país. Este movimiento se suma a la compra de 24 cazas F-16 y a la tendencia regional de rearme, reflejada en un aumento del 31% en importaciones de armas en Sudamérica. Países como Brasil, Chile, Perú y Colombia también están modernizando sus fuerzas militares, lo que plantea la pregunta de si la región está entrando en un nuevo ciclo de rearme. La disuasión y el equilibrio de poder son conceptos clave en esta dinámica, donde las decisiones de adquisición de armamento pueden tener repercusiones en la región. El enfoque estratégico en el extremo sur de América del Sur también cobra relevancia, especialmente en el contexto de las recientes tensiones diplomáticas entre Argentina y Chile.

Tres submarinos y dos fragatas. Hasta US$3.500 millones en financiamiento y una señal que rápidamente cruzó la cordillera.

La decisión del gobierno de Javier Milei de incluir en el proyecto de Presupuesto 2027 una autorización para buscar créditos por US$2.300 millones para tres submarinos convencionales y otros US$1.200 millones para dos fragatas multimisión volvió a poner los ojos sobre las capacidades militares de Argentina.

Las unidades todavía no están compradas y un proceso de estas características puede tardar años. Sin embargo, el anuncio se suma a la adquisición de 24 cazas F-16 a Dinamarca y a otros planes de reequipamiento de unas Fuerzas Armadas que durante décadas perdieron capacidades.

Vistas por separado, son decisiones de modernización. Sobre el mapa sudamericano, en cambio, permiten abrir una pregunta más amplia: ¿está la región entrando en un nuevo ciclo de rearme?

Un continente que vuelve a mover sus piezas

Los números muestran un cambio. De acuerdo con el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), las importaciones de grandes sistemas de armas hacia Sudamérica aumentaron un 31% al comparar los períodos 2016-2020 y 2021-2025. De esa cifra, Brasil concentró el 60% de las adquisiciones regionales.

Y basta recorrer el continente para comprobar que Argentina no es el único país moviendo piezas.

Brasil tiene el programa militar más ambicioso de Sudamérica. Su Armada desarrolla las nuevas fragatas clase Tamandaré y un programa de cuatro submarinos convencionales clase Riachuelo. A ellos pretende sumar el Álvaro Alberto, su futuro submarino de propulsión nuclear, un proyecto estratégico que convertiría al gigante sudamericano en el primer país de la región con esa capacidad.

Chile, en tanto, conserva una de sus principales capacidades bajo el mar. La Armada opera cuatro submarinos: los Scorpène O’Higgins y Carrera, junto a los Type 209 Thomson y Simpson, estos últimos con más de cuatro décadas de servicio. Su renovación será, por lo tanto, una discusión inevitable durante los próximos años.

En el aire, la FACh cuenta con su flota de F-16, mientras comienza a proyectar el reemplazo de los históricos F-5 entre 2030 y 2035. Entre las posibilidades estudiadas aparece el F-35 estadounidense, aunque todavía no existe una decisión de compra.

Perú representa otro actor relevante, especialmente en el ámbito naval. Mantiene seis submarinos Type 209 y desarrolla programas para extender su vida útil, además de avanzar en la renovación de unidades de superficie. Su posición frente al Pacífico obliga a Lima, al igual que a Santiago, a mantener capacidades para vigilar una extensa zona marítima.

Más al norte, Colombia posee unas Fuerzas Armadas históricamente configuradas en torno al conflicto interno, pero también mantiene capacidades convencionales aéreas y navales. El país inició además un proceso para renovar sus antiguos cazas Kfir, con la elección del Gripen sueco como nueva plataforma de combate.

Venezuela, por su parte, conserva un arsenal construido principalmente durante los gobiernos de Hugo Chávez, con cazas rusos Sukhoi Su-30, sistemas de defensa aérea S-300 y blindados adquiridos a Rusia. Su situación es distinta a la de sus vecinos: más que una ola reciente de adquisiciones, mantiene capacidades incorporadas principalmente durante las décadas anteriores.

Y ahora Argentina intenta regresar a ese tablero. Los 24 F-16 comenzaron a recuperar una capacidad de combate supersónico que había quedado severamente disminuida, mientras los tres submarinos proyectados buscan reconstruir una fuerza submarina especialmente debilitada tras la pérdida del ARA San Juan en 2017.

No existe, por lo tanto, un movimiento uniforme. Algunos países compran nuevas plataformas; otros reemplazan sistemas envejecidos y algunos intentan recuperar capacidades perdidas. Pero todos observan lo que ocurre alrededor.

Tener armas para no utilizarlas

Ahí aparece un concepto fundamental para entender la lógica detrás de estas inversiones: la disuasión.

Su principio es sencillo. Contar con determinadas armas no significa necesariamente prepararse para utilizarlas. Una capacidad militar también puede buscar convencer a un potencial adversario de que una agresión tendría un costo tan elevado que sería preferible no intentarla.

Los submarinos son probablemente uno de los mejores ejemplos.

Su capacidad para permanecer ocultos obliga a un eventual adversario a considerar permanentemente dónde podrían encontrarse. No necesitan disparar un torpedo para generar un efecto: su sola presencia obliga a desplegar medios para detectarlos, proteger buques y modificar operaciones.

La propia Armada chilena describe públicamente a su Fuerza de Submarinos como una herramienta destinada a disuadir amenazas contra los intereses marítimos y la integridad territorial del país.

Pero la disuasión contiene una paradoja. Lo que un país considera una inversión defensiva puede ser interpretado por otro como una modificación del equilibrio existente. Si un Estado aumenta sus capacidades para sentirse más seguro, su vecino puede concluir que necesita hacer lo mismo.

Es el denominado dilema de seguridad: medidas adoptadas para aumentar la protección propia pueden terminar provocando nuevas medidas defensivas en otros países, incluso cuando ninguno esté preparando una agresión.

¿Modernización o carrera armamentística?

Ese punto obliga a poner límites a la comparación. El aumento de las adquisiciones militares no permite afirmar por sí solo que Sudamérica atraviese una carrera armamentística. Para ello tendría que observarse una competencia sostenida en que las compras de un país provoquen directamente respuestas de sus vecinos.

Hasta ahora existen otras explicaciones importantes.

Argentina busca reconstruir capacidades perdidas. Chile deberá sustituir material que envejece. Brasil desarrolla programas estratégicos planificados desde hace años. Perú moderniza plataformas antiguas. Colombia reemplaza aeronaves que llegaron al final de su ciclo operacional.

Sin embargo, esas decisiones también modifican progresivamente el equilibrio regional.

Y existe un espacio donde ese fenómeno adquiere particular relevancia para Chile: el extremo sur.

El tablero austral

Las compras argentinas aparecen después de las recientes diferencias diplomáticas entre Santiago y Buenos Aires por declaraciones respecto del Estrecho de Magallanes, mientras Argentina mantiene su reclamación sobre las islas Malvinas y refuerza su mirada estratégica hacia el Atlántico Sur y la Antártica.

No existen antecedentes públicos que permitan sostener que los submarinos y fragatas proyectados estén dirigidos contra Chile. Tampoco que las futuras decisiones chilenas de renovación militar sean una respuesta al programa argentino. Pero la planificación de la defensa no ocurre en el vacío.

Atlántico Sur, Pacífico, Estrecho de Magallanes, Cabo de Hornos y la proyección hacia la Antártica conforman un espacio donde confluyen rutas comerciales, recursos naturales, enormes zonas económicas exclusivas y posiciones estratégicas.

Los tres submarinos argentinos todavía están sobre el papel. Antes de navegar, deberán obtener financiamiento, negociarse, construirse y completar un proceso que puede extenderse durante años.

Pero su anuncio ya produjo un primer efecto: volvió a poner bajo observación el mapa militar sudamericano.