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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

Lula da Silva logró una remontada histórica en el balotaje presidencial de Brasil y venció a Flávio Bolsonaro con el 51,79% de los votos, tras quedar segundo en la primera vuelta por menos de dos puntos. Su triunfo se produjo en medio de una mayor participación electoral, medidas económicas anunciadas por el gobierno y una intensa movilización en las calles y redes sociales. Sin embargo, el resultado no implica un giro a la izquierda: Bolsonaro mantiene una importante base de apoyo y el Congreso quedó fortalecido por la derecha.

El 4 de octubre de 2026, Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro (2019-2022), obtuvo el primer lugar en la primera vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas, con el 47,03% de los votos válidamente emitidos, equivalentes a más de 56 millones de sufragios. Su adversario, el presidente en ejercicio Luiz Inácio Lula da Silva, alcanzó el 45,16 %, con casi 54 millones de votos. En el sistema electoral brasileño, un presidente solo resulta elegido en primera vuelta si obtiene más del 50 % de los votos válidos. De lo contrario, los dos candidatos más votados deben enfrentarse en una segunda vuelta, que este año se celebró el 25 de octubre.

Desde el retorno de la democracia en Brasil, a fines de la década de 1980, ningún candidato que hubiera terminado segundo en la primera vuelta había logrado revertir el resultado de una elección presidencial. Hasta ahora. La remontada de Lula tiene, por tanto, una relevancia histórica. Con todo, conviene matizar la sorpresa: ninguna elección presidencial anterior con segunda vuelta había registrado una diferencia tan estrecha entre los dos primeros candidatos en la primera ronda. En otras palabras, la victoria de Lula fue sorprendente por el precedente que rompió, pero no tanto por la distancia que debía superar: menos de dos puntos porcentuales de los votos válidos (Figura 1).

Figura 1 – Ventaja del candidato más votado sobre el segundo en la primera vuelta de las elecciones presidenciales con balotaje

La mayor sorpresa, quizás, no radicó en la remontada en sí, sino en el aumento de más de 10 millones de votos que obtuvo Lula, con los que alcanzó el 51,79 % de los sufragios válidos en la segunda vuelta. ¿Cómo explicar este resultado?

Un arma para el incumbente: el uso electoral de los recursos del Estado.

Cuando un mandatario en ejercicio ve amenazada su reelección, ha sido cada vez más habitual en América que este aproveche la visibilidad y las herramientas del gobierno para anunciar medidas de gran atractivo para la ciudadanía. Durante las tres semanas que separaron la primera y la segunda vuelta, Lula anunció medidas con un impacto financiero superior a los 2.800 millones de dólares. Ocho días después de la primera vuelta, anunció rebajas de impuestos a los combustibles, que estarían vigentes durante 30 días; el 13 de octubre, anunció la condonación de deudas de 3,6 millones de microemprendedores; y, seis días antes de la segunda vuelta, anunció el adelanto de los pagos de su programa social más emblemático, Bolsa Família, que entrega alrededor de 132 dólares mensuales a casi 19 millones de familias brasileñas. A estas iniciativas se sumaron otras promesas de gran alcance, como la gratuidad del transporte público durante los fines de semana. En conjunto, estas medidas le ofrecían al gobierno la oportunidad de volver a situar los beneficios concretos en el centro de la disputa electoral.

Sin embargo, sería un error reducir la victoria de Lula a estas decisiones de gobierno, de evidente interés electoral. Jair Bolsonaro recurrió a estrategias similares en 2022 y no logró reelegirse. Entre la primera y la segunda vuelta de 2022, Jair Bolsonaro incluyó a 500.000 familias en el programa Auxílio Brasil (nombre que había sustituido a Bolsa Família, debido a su asociación con Lula) y aumentó en un 50 % el monto mensual pagado; asimismo, entregó cerca de 200 dólares a camioneros y taxistas durante el alza de los combustibles, además de intervenir directamente en la empresa petrolera estatal Petrobras para reducir los precios.

Estrategias similares se observaron en las elecciones presidenciales en Argentina el año 2023: el candidato Sergio Massa, a la sazón ministro de Economía en la administración del presidente Alberto Fernández, impulsó un paquete de medidas económicas con el objetivo de proveer dinero a los electores. El “Plan Platita”, como ha pasado a ser conocido, contemplaba bonos extraordinarios para trabajadores informales y del sector público, ayudas financieras a jubilados y pensionados, alivios fiscales para pymes, entre otras medidas. Más recientemente, en septiembre del presente año, el presidente Donald Trump anunció la propuesta de desembolsar 5.000 dólares a cada ciudadano adulto si los republicanos mantenían el control de la Cámara de Representantes y el Senado en las elecciones legislativas de medio mandato. Con unos resultados abrumadoramente favorables para el Partido Demócrata, el “dividendo de Trump”, así bautizado por el propio mandatario, nunca llegó a materializarse.

Más allá de las urnas: los frentes de la batalla por la movilización.

Para revertir el resultado, Lula necesitaba, en términos generales, avanzar en tres frentes: captar a quienes habían votado por otros candidatos en la primera vuelta; atraer votos de personas que en la primera vuelta habían apoyado a Flávio Bolsonaro; y movilizar a quienes se habían abstenido o habían votado en blanco o nulo. En el primer caso, los demás candidatos habían obtenido casi el 8 % de los votos, pero eran reconocidamente más cercanos a la derecha, lo que hacía más fácil una transferencia a Flávio. La segunda posibilidad parecía muy improbable, dado que la polarización latente dificulta ese tipo de cambio en las preferencias electorales. La movilización de quienes no habían acudido a votar y de quienes habían emitido votos inválidos aparecía, por tanto, como un frente decisivo de la contienda. La abstención había alcanzado el 21,08 % del padrón electoral, mientras que los votos blancos y nulos representaban el 4,77 % de los sufragios.

En ese escenario, Lula buscó combinar las advertencias sobre los riesgos de un regreso del bolsonarismo al poder con el intento de movilizar a quienes no habían acudido a las urnas a principios de octubre. Dos espacios de movilización merecen especial atención: el mundo virtual y el espacio político tangible de las calles. Aquí, la política de las redes sociales del siglo XXI se encontró con una de las prácticas más antiguas de las democracias: ocupar calles y plazas públicas, reunir personas y dar visibilidad a una causa compartida.

La literatura especializada reconoce los efectos de las manifestaciones como mecanismo de presión sobre los gobiernos, especialmente para exigir políticas públicas. Sin embargo, las elecciones brasileñas invitan a examinar otra dimensión: cómo la movilización colectiva puede influir en la disposición a votar, en la capacidad de convencer a los indecisos y en la percepción de que una contienda todavía sigue abierta. Había quienes temían el efecto contrario: que las imágenes de las manifestaciones fueran utilizadas por los adversarios para presentar las protestas como desórdenes y provocar una reacción en contra. El resultado electoral, por sí solo, no permite medir cuál de estas fuerzas predominó, pero sí muestra que la movilización tuvo lugar en un contexto de considerable aumento de la participación electoral.

Las calles fueron ocupadas por una izquierda que encontró allí una renovada disposición a disputar la elección. Según información difundida por medios de comunicación brasileños, se registraron manifestaciones a favor de Lula en 59 ciudades, distribuidas en 24 de las 27 unidades federativas del país, lo que demuestra que la movilización no se limitó a las capitales. Entre las concentraciones más multitudinarias destacaron las de São Paulo, el 11 de octubre, con más de un millón de participantes; Brasilia, el 18 de octubre, con una asistencia estimada de 200.000 personas; y Salvador, ese mismo día, donde se habrían congregado alrededor de 500.000 manifestantes. Sin embargo, la mayor movilización tuvo lugar en vísperas de la segunda vuelta, el 24 de octubre, cuando, según estimaciones de los organizadores, más de dos millones de personas ocuparon la Avenida Paulista, una de las principales arterias de São Paulo (Figura 2).

Figura 2 – Lula en la avenida más importante de São Paulo (Avenida Paulista) días antes de la segunda vuelta

https://www.poder360.com.br/poder-eleicoes-2026/veja-fotos-do-ato-de-lula-na-paulista-antes-do-2o-turno/
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Aunque no existen registros de manifestaciones durante las elecciones de 2018 y 2022 que hayan alcanzado dimensiones similares —la más multitudinaria reunió a unas 70.000 personas—, más allá de su magnitud numérica, lo que destacó fue el contexto en el que se produjeron estas movilizaciones y su carácter orgánico.

Incluso si Lula hubiera perdido, este regreso ya habría marcado las elecciones de 2026. En los años posteriores a 2016, la derecha pasó a protagonizar con mayor frecuencia las grandes movilizaciones nacionales, mientras que la izquierda mostraba dificultades para convocar multitudes con la misma intensidad. El encuentro presencial con otras personas puede cambiar la percepción de quienes se sienten políticamente aislados o consideran inevitable la derrota. Al hacer visible la voluntad de seguir adelante, la movilización puede reabrir, al menos en la percepción de quienes participan, una contienda que parecía cerrada.

En su libro La llamada de la tribu, Mario Vargas Llosa llama la atención sobre la fuerza de la identificación con una colectividad, al tiempo que advierte del riesgo de que esta termine absorbiendo la libertad individual. Esta tensión también es inherente a la democracia: necesitamos construir vínculos y actuar juntos sin renunciar a la posibilidad de pensar distinto. Quienes seguían las elecciones de manera aislada podían encontrar en las calles a otras personas con inquietudes similares y dispuestas a actuar. Ese encuentro es capaz de transformar el desánimo en participación: conversar con alguien, intentar convencer a un indeciso, animar a votar a quien pensaba abstenerse. Sentirse parte de un movimiento también puede significar descubrir que la propia acción, sumada a la de miles de personas, tiene cierta capacidad de modificar el resultado.

El Ejército de Lula: la construcción de un ejército digital

En ese mismo sentido puede entenderse la movilización digital en torno al llamado “Ejército de Lula”, articulado por el diputado federal de izquierda André Janones. Organizado a través de un canal de WhatsApp, que superó los 10 millones de seguidores en la recta final de la campaña, el movimiento estructuró una red de simpatizantes movilizados para actuar simultáneamente en distintas plataformas digitales, especialmente Instagram, Facebook y X. Su funcionamiento comprendía una estructura de mando, un conjunto de procedimientos previamente definidos y una rutina de tareas denominadas “misiones”, que debían ser ejecutadas por los participantes.

WhatsApp funcionaba como un centro de coordinación desde el cual André Janones, diputado de izquierda y principal articulador de la campaña digital, establecía las prioridades y orientaba a los integrantes sobre qué contenidos debían difundirse, en qué plataformas y de qué manera. Su ejecución, sin embargo, dependía de la actuación individual y voluntaria de miles o millones de seguidores, que utilizaban sus propias cuentas para reproducir y amplificar los mensajes.

La Figura 3 presenta los llamados “Mandamientos del Ejército”, un material que sistematizaba las instrucciones transmitidas a los participantes.

Figura 3 – Los Mandamientos del Ejército de Lula

Fuente: Extraído directamente del canal de WhatsApp “Ejército de Lula”.
Fuente: Extraído directamente del canal de WhatsApp “Ejército de Lula”.

El documento establecía siete procedimientos que debían seguirse cuando el líder ordenaba impulsar una publicación: dar “me gusta”, comentar, compartir, enviar por mensaje privado, distribuir por WhatsApp, ver los videos completos y reproducir los hashtags indicados por la coordinación. Más que incentivar manifestaciones individuales de apoyo, estas instrucciones buscaban generar un comportamiento colectivo estandarizado, capaz de ampliar la circulación de los contenidos en las plataformas. La indicación de ver los videos pone de manifiesto una preocupación explícita por los mecanismos algorítmicos de recomendación y visibilidad.

El testimonio de Carla Abreu, psicóloga de 52 años y residente de una localidad del interior del estado de Río de Janeiro, que participó en el Ejército de Lula desde sus inicios, ayuda a comprender cómo los integrantes asimilaban estas instrucciones. Según relata, las misiones también funcionaban como una especie de aprendizaje colectivo sobre el funcionamiento de las redes sociales. Carla explica que, antes de participar en el movimiento, su interacción con las publicaciones se limitaba básicamente a darles “me gusta”. Con las instrucciones recibidas, comenzó a comprender la importancia atribuida a la combinación de distintas formas de interacción: “No bastaba con dar ‘me gusta’. Teníamos que dar ‘me gusta’, compartir, republicar, comentar, subir el contenido a las historias”. A su juicio, los participantes aprendieron a desarrollar una actuación más completa, dejando de ser simples consumidores de contenidos políticos para asumir un papel activo en su circulación.

La disciplina partidista y la expansión colectiva

El mismo documento (Figura 3) también establecía una disciplina cotidiana. Se instruía a los participantes a activar las notificaciones del canal o reservar un momento del día para cumplir las misiones acumuladas durante las últimas 24 horas. Además, se recomendaba evitar las interacciones con adversarios políticos o con publicaciones negativas. Esta última indicación revela una estrategia de concentración de las interacciones: en lugar de dispersar esfuerzos en enfrentamientos con los opositores, los seguidores debían dirigir su actividad hacia los contenidos seleccionados por la coordinación. El objetivo era convertir una gran cantidad de acciones individuales en un volumen concentrado de circulación digital. Carla describe esta dinámica como una manera de impedir que los contenidos de la derecha ganaran espacio en las redes sociales.

Esta estructura de mando aparece de forma aún más explícita en la Figura 4, que muestra mensajes de Janones en los que establece metas de crecimiento para el canal. En uno de los registros, el diputado pide a los integrantes que confíen en sus instrucciones y fija el objetivo de alcanzar los 7 millones de seguidores antes del mediodía siguiente.

Figura 4 – Orden para alcanzar los 7 millones de personas

Extraído directamente del canal de WhatsApp “Ejército de Lula”.
Extraído directamente del canal de WhatsApp “Ejército de Lula”.

Una vez alcanzada esa cifra, afirma que presentaría una demostración matemática de por qué Lula sería reelegido. Su formulación revela cómo las metas numéricas se utilizaban como instrumentos de movilización, vinculando el crecimiento del canal con la expectativa de éxito electoral.

Los propios participantes debían decidir cómo atraer a nuevos integrantes, difundiendo el canal, invitando a conocidos o compartiendo mensajes. La coordinación definía el resultado esperado, pero trasladaba a los simpatizantes la responsabilidad de alcanzarlo. El testimonio de Carla confirma que el reclutamiento de nuevos integrantes constituía una actividad cotidiana. Según relata, cada miembro actuaba también como agente de reclutamiento, incorporando al movimiento a personas de sus redes familiares, profesionales y sociales. La expansión del Ejército de Lula, por lo tanto, no dependía únicamente de los mecanismos de circulación digital, sino también de la movilización de vínculos sociales preexistentes.

La Figura 5 ofrece un ejemplo concreto de cómo estas instrucciones se traducían en acciones en las redes sociales. En una secuencia de mensajes publicados entre las 17:19 y las 17:39 horas, Janones convocó a sus seguidores a actuar en X, utilizando expresiones como “Al ataque”, “Máxima fuerza” y “Atacar”.

Figura 5 – Orden para utilizar un hashtag en la red social X

Extraído directamente del canal de WhatsApp “Ejército de Lula”.
Extraído directamente del canal de WhatsApp “Ejército de Lula”.

La misión consistía en difundir el hashtag #PesquiseBolsonaroMandouMatarLula (#BuscaBolsonaroMandóMatarALula), publicado en el canal a las 17:22 horas. El registro pone de manifiesto la rapidez de la movilización: en pocos minutos, los participantes recibían una instrucción, una consigna y sucesivos estímulos para continuar con la acción.

El equilibrio entre el liderazgo personal y la autonomía de las bases

Otro aspecto relevante es la personalización del liderazgo. La Figura 6 registra la salida de Janones del hospital, acompañada de una fotografía y de mensajes dirigidos a los integrantes del canal.

Figura 6 – Publicación sobre el alta hospitalaria de Janones

Extraído directamente del canal de WhatsApp “Ejército de Lula”.
Extraído directamente del canal de WhatsApp “Ejército de Lula”.

El diputado había sido hospitalizado el 19 de octubre tras presentar una arritmia cardíaca y recibió el alta al día siguiente. Su regreso fue comunicado directamente a los seguidores, mediante mensajes que enfatizaban la unidad del movimiento. La fotografía de su salida del hospital aparece con aproximadamente 143.000 reacciones, mientras que otra publicación, en la que afirma que el grupo constituía el ejército más unido del mundo, registra más de 100.000 reacciones.

El relato de Carla sobre la hospitalización es particularmente revelador porque muestra una consecuencia aparentemente contradictoria de esta organización: el desarrollo de cierta autonomía entre los participantes, incluso dentro de una estructura fuertemente personalizada. La entrevistada afirma que, cuando Janones fue hospitalizado, los integrantes se sintieron momentáneamente desorientados. “Nos quedamos un poco huérfanos en ese momento”, recuerda. Sin embargo, agrega que los seguidores ya habían aprendido los procedimientos necesarios para seguir actuando: “Ya sabíamos caminar, ¿sabes? Ya sabíamos trabajar con los hashtags, ya sabíamos cómo posicionarnos”.

La identificación con el presidente

La Figura 7 muestra otra dimensión de este proceso: la utilización de la cercanía con el propio presidente Lula como recurso de legitimación y participación.

Figura 7 – Encuentro entre Janones y Lula

Extraído directamente del canal de WhatsApp “Ejército de Lula”
Extraído directamente del canal de WhatsApp “Ejército de Lula”

En uno de los mensajes, Janones afirma que estuvo con el presidente y, a continuación, comparte un video en el que aparece Lula. La publicación forma parte de una secuencia de comunicaciones en las que el diputado alterna información personal, referencias al presidente e instrucciones sobre la movilización digital. Esta combinación reforzaba la percepción de cercanía entre la coordinación del canal y la candidatura, al mismo tiempo que mantenía a los participantes involucrados en una narrativa continua de la campaña.

Esta cercanía también aparece en el testimonio de Carla, quien relata que, después de las elecciones, Lula comenzó a participar en la comunicación del canal. Según explica, los mensajes atribuidos al presidente se identificaban mediante un símbolo específico, al que los integrantes llamaban “Lulinha”, lo que les permitía reconocer cuándo la comunicación provenía de él. Se trata de un relato particularmente interesante sobre la transformación del canal: una organización inicialmente asociada al liderazgo de Janones pasó, en la percepción de sus seguidores, a establecer una relación más directa con el propio presidente. Esta relación contribuía a reforzar la idea de pertenencia a un movimiento que trascendía la campaña electoral y mantenía una identidad colectiva después de concluida la contienda.

La magnitud de esta estrategia puede observarse en el relato de Carla sobre una transmisión en vivo de 24 horas organizada por Janones. La entrevistada afirma que su familia mantuvo distintos dispositivos conectados durante la transmisión, incluidos televisores, teléfonos celulares y computadores. Según cuenta, un familiar llegó a utilizar cinco teléfonos celulares y dos computadores portátiles, además del televisor, para seguir la actividad y contribuir a los indicadores de audiencia. Según YouTube, la transmisión en vivo de 24 horas, realizada entre el 23 y el 24 de octubre (en vísperas de la segunda vuelta), acumuló 21,69 millones de visualizaciones y alcanzó un máximo de 773.400 espectadores simultáneos.

El relato también pone de manifiesto el involucramiento emocional generado por la experiencia. Carla describe la rutina de misiones como intensa y agotadora, pero, al mismo tiempo, profundamente gratificante. “Era un infierno, pero era maravilloso. Hasta lo echo de menos”, afirma al recordar la frecuencia de las tareas. La aparente contradicción entre el agotamiento y la satisfacción revela que la participación no se explicaba únicamente por objetivos electorales o por el cumplimiento de instrucciones. Existía también una dimensión de identificación colectiva, en la que la dedicación cotidiana reforzaba el sentimiento de formar parte de una causa compartida.

La internacionalización de las tácticas de Janones

Esta experiencia puede comprenderse a la luz de las estrategias presentadas por el propio Janones en su libro Janonismo Cultural: o uso das redes sociais e a batalha pela democracia no Brasil, publicado en 2023. En la obra, el diputado sistematiza su experiencia de comunicación política durante las elecciones de 2022 y defiende la participación directa de los simpatizantes en la disputa de narrativas en las plataformas digitales. El Ejército de Lula, en 2026, representó una ampliación organizativa de estas prácticas, al transformar WhatsApp en una estructura permanente de orientación y movilización de una comunidad con millones de seguidores.

En medio de acusaciones contra Meta por un supuesto sesgo algorítmico, la actuación de la izquierda mostró que las mismas plataformas pueden ser objeto de una intensa disputa entre proyectos políticos enfrentados. No por casualidad, Janones ya ha sido invitado a colaborar en la campaña del presidente del Gobierno de España y líder del Partido Socialista Obrero Español, Pedro Sánchez.

El 4 de noviembre de 2026, después de las elecciones de medio mandato (midterms) en Estados Unidos, el activista demócrata Isaiah Martin publicó un mensaje en su cuenta de X en el que agradecía a Brasil por haber enseñado el camino hacia la victoria. Terminó su mensaje utilizando la expresión que Janones repetía varias veces al día como una orden para compartir publicaciones: “¡Explodeeee!” (“¡Explotaaaa!”).

Figura 8 – Publicación en X de Isaiah Martin

X, 2026.
X, 2026.

La geografía de la elección

El resultado coincidió con un fenómeno poco habitual en la historia electoral brasileña: la abstención disminuyó entre la primera y la segunda vuelta. Esto también había ocurrido en 2022, pero en una proporción mucho menor. En 2026, aproximadamente 3 millones de electores más acudieron a votar en la segunda vuelta, frente a unos 600.000 en 2022. Los votos blancos y nulos también disminuyeron, del 4,77 % al 3,24 % de los sufragios emitidos: una reducción de 1,53 puntos porcentuales y de aproximadamente 1,82 millones de votos. En conjunto, estos movimientos contribuyeron a aumentar el total de votos válidos en cerca de 4,8 millones. ¿Dónde fue más intensa esta movilización electoral?

Los datos disponibles apuntan a un aumento considerable de la participación en las grandes ciudades del Sudeste, especialmente São Paulo y Río de Janeiro. Esto importa porque la región concentra cerca del 42 % de la población brasileña, casi 90 millones de personas, y porque el aumento de la participación no se produjo únicamente en las zonas donde Lula ya contaba tradicionalmente con mayor apoyo. A escala intraurbana, los barrios periféricos mostraron un comportamiento distinto al de los barrios de mayores ingresos. Este dato sugiere que parte del electorado, poco motivado para acudir a las urnas en la primera vuelta, se movilizó en la segunda más por el rechazo a la alternativa bolsonarista que por entusiasmo con el gobierno.

La geografía electoral también puso de manifiesto una tensión conocida entre los territorios vinculados al agronegocio y las grandes aglomeraciones urbanas. En 2026, Brasil se convirtió en el mayor exportador de alimentos del mundo. El peso económico y político del sector agropecuario es evidente en Brasil, y muchos municipios altamente especializados en actividades agropecuarias registran una elevada votación por candidatos de derecha. Pero siempre conviene recordar que la tierra no vota; las personas, sí. A pesar de su importancia económica, se trata de municipios con menos población y menor densidad demográfica, como puede apreciarse en la Figura 9.

Figura 9 – Distribución territorial del voto por Lula (en rojo) y Flávio Bolsonaro (en azul)

Voto a Voto, elaboración propia a partir de datos del Tribunal Superior Electoral de Brasil (TSE).
Voto a Voto, elaboración propia a partir de datos del Tribunal Superior Electoral de Brasil (TSE).

La Figura 9 es importante para cuestionar las representaciones cartográficas que colorean todo el mapa con el color del candidato ganador (Figura 10).

Figura 10 – Mapas de distribución espacial del voto a escala municipal difundidos tras los resultados electorales.

Sería simplista convertir la oposición entre el “agro” y la “ciudad” en una división rígida, sobre todo porque existen ciudades vinculadas al agronegocio, zonas rurales muy pobres y periferias metropolitanas políticamente heterogéneas. Lo que parece decisivo es la combinación entre el tamaño de la ciudad, su composición social, su estructura económica y la intensidad de la participación electoral. Las metrópolis, al concentrar grandes contingentes de electores, pueden modificar el resultado nacional incluso cuando sus variaciones porcentuales son modestas. Los municipios pequeños, en cambio, revelan otros patrones de identificación y movilización. Es en esa diferencia de escalas, y no en una oposición automática entre campo y ciudad, donde debe avanzar la explicación geográfica.

Sin embargo, los otros mecanismos también deben considerarse para explicar los más de 10 millones de votos adicionales de Lula. La transferencia de electores que habían elegido a otros candidatos posiblemente tuvo un papel relevante. El hecho llama la atención porque candidatos como Ronaldo Caiado y Augusto Cury habían declarado su apoyo a Flávio Bolsonaro en la segunda vuelta. Caiado, por ejemplo, es ampliamente reconocido como representante de la derecha tradicional, ideológicamente más cercana a Flávio que a Lula. Esto no significa, sin embargo, que sus electores hayan seguido automáticamente sus orientaciones. La Figura 11 permite observar diferencias territoriales en el aumento de la votación de Lula, incluso en zonas donde Caiado tenía influencia política.

Figura 11 – Variación de la votación de Lula entre la primera y la segunda vuelta, por municipio.

Goiás, estado gobernado por Ronaldo Caiado durante casi ocho años, aparece con una tonalidad intensa en el mapa que muestra el crecimiento electoral de Lula. En el municipio de Guarani de Goiás, por ejemplo, Lula pasó de cerca del 40 % de los votos válidos en la primera vuelta a aproximadamente el 62 % en la segunda. El resultado sugiere que las orientaciones de un dirigente político no determinan mecánicamente el comportamiento de sus electores. Parte de quienes votaron por candidaturas de derecha pueden haber preferido a Lula frente al bolsonarismo.

Queda, por último, analizar el mecanismo que parecía más improbable: la transferencia directa de votos de Flávio a Lula. Un análisis de los resultados municipales identificó 210 municipios en los que se produjeron simultáneamente tres movimientos: Flávio recibió menos votos absolutos en la segunda vuelta, Lula obtuvo más y la participación electoral se mantuvo estable o aumentó. El análisis sugiere una presencia importante de municipios del Norte y del Nordeste en este tipo de comportamiento. La reflexión que surge es relevante: parte de los cambios observados ocurrió en territorios donde Lula contaba con un apoyo consolidado, lo que indica que la votación entre ambas vueltas no se limitó a conquistar espacios tradicionalmente adversos. También puede haberse producido una intensificación del voto favorable a Lula o contrario a Flávio en zonas donde la contienda parecía menos abierta.

Figura 12 – Municipios en los que se produjeron tres movimientos simultáneos: Flávio Bolsonaro recibió menos votos absolutos en la segunda vuelta, Lula obtuvo más y la participación electoral se mantuvo estable o aumentó.

Al considerar todos estos datos en conjunto, observamos que las divisiones sociales de Brasil adquieren expresiones geográficas cada vez más marcadas. Municipios vinculados al agronegocio y espacios densamente urbanizados; ciudades pequeñas y metrópolis; centros y periferias. No se trata de universos cerrados ni homogéneos, sino de escalas y contextos distintos en los que la disputa política adquiere significados diferentes. El resultado nacional es la suma de esos territorios, y por eso una elección presidencial no puede comprenderse únicamente a partir de los porcentajes finales de los candidatos.

¿Se acabó el giro a la derecha de América Latina?

¿Qué significa todo esto para Brasil y América Latina? En primer lugar, sería un error interpretar la victoria de Lula como prueba de que Brasil “giró a la izquierda”. Pese a su derrota, Flávio obtuvo la mayor cantidad de votos jamás alcanzada por un candidato presidencial derrotado en la historia brasileña. En las elecciones para el Poder Legislativo federal (Cámara de Diputados y Senado), el partido de Flávio Bolsonaro, el Partido Liberal (PL), registró un crecimiento pocas veces visto. Las elecciones a la Cámara y al Senado también pusieron de manifiesto el peso de la derecha y las dificultades de los partidos de centro y de una derecha más moderada para consolidarse en una contienda cada vez más polarizada. Lula tendrá que gobernar frente a un Congreso en el que no cuenta con una mayoría automática y debe enfrentarse a una oposición políticamente organizada. Por tanto, la victoria presidencial no eliminó la fuerza social e institucional del bolsonarismo.

En segundo lugar, estas elecciones revelaron que la llamada “extrema derecha” no atraviesa el mismo momento ni se presenta de la misma manera en Brasil, Argentina, Colombia, Perú o Chile. Agrupar bajo una misma etiqueta a movimientos con trayectorias, liderazgos, bases territoriales y agendas diferentes puede ocultar más de lo que revela. Las reacciones de los líderes de derecha en el continente al triunfo de Lula reflejan estas diferencias: mientras el presidente José Antonio Kast felicitó a Lula por el resultado de la elección, subrayando el futuro común entre Chile y Brasil, su par argentino Javier Milei decidió guardar silencio, aparentemente en una medida de reciprocidad, dado que Lula no lo habría saludado cuando ganó las elecciones presidenciales del año 2023.

En el caso brasileño, la victoria de Lula no tiene por qué interpretarse como una adhesión renovada y entusiasta a su proyecto político. Al menos una parte del resultado es compatible con una lógica de rechazo a la candidatura adversaria, algo que no necesariamente está ocurriendo en otros países latinoamericanos. La llamada “ola azul” no es, por tanto, un fenómeno simétrico.

Para las derechas latinoamericanas, el caso brasileño plantea una pregunta que va más allá de la capacidad de elegir parlamentarios: ¿cómo construir mayorías nacionales en elecciones presidenciales de dos vueltas? El bolsonarismo conserva su fuerza legislativa y su arraigo en sectores importantes de la sociedad, pero las dos últimas elecciones muestran las dificultades para transformar esa fuerza en una mayoría presidencial cuando toda la diversidad territorial de Brasil participa en una única confrontación electoral. Para la derecha moderada, se abre la posibilidad de construir una identidad propia, distinta de la familia Bolsonaro. Para Lula, el desafío será gobernar un país donde la victoria electoral no se traduce automáticamente en consenso político. Quizás ese sea el principal mensaje del balotaje de 2026: más que la victoria de un sector sobre otro, la elección reveló la persistencia de un Brasil dividido y la capacidad de distintos territorios para redefinir, en pocas semanas, el desenlace de una contienda nacional.

Jorge Alfaro
Analista Internacional BioBioChile

Daniel A. de Azevedo
Profesor de Geografía Política de la Universidad de Brasilia