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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

A casi cuatro meses del gobierno de José Antonio Kast, Juan Ignacio Latorre, exsenador, se aleja de la política para trabajar en el Hogar de Cristo y reflexionar críticamente sobre el gobierno actual y los desafíos de la izquierda. Latorre analiza el gobierno de Kast, tildándolo de extrema derecha, y cuestiona la falta de inclusión de Chile Vamos en su gabinete. Asimismo, reflexiona sobre la victoria de Kast, atribuyéndola a la seguridad, la migración y la economía. Respecto al Frente Amplio, destaca su congreso ideológico post-Boric y critica la captura de la izquierda por intereses particulares. Además, aborda la necesidad de modernizar el Estado y enfrentar la corrupción.

A casi cuatro meses de gobierno de José Antonio Kast, el país vive un momento de actividad política intensa. Juan Ignacio Latorre, quien fue senador durante los gobiernos de Sebastián Piñera y de Gabriel Boric, dejó el Congreso y volverá a trabajar en el Hogar de Cristo, además de realizar algunos cursos en universidades.

Desde ese lugar —más alejado del fragor mediático y las presiones cotidianas de la política contingente— evalúa con mirada crítica tanto al gobierno actual como a los desafíos pendientes de su propio sector.

En esta conversación, Latorre analiza el primer congreso ideológico del Frente Amplio, la experiencia de haber sido oficialista en medio de la derrota constitucional, y los errores estratégicos de la izquierda frente a temas como la seguridad, la migración y la corrupción económica.

—¿Cómo es la vida fuera del Senado?

—Depende de las dimensiones. Se recupera una cierta tranquilidad cotidiana, al no estar expuesto no sólo a la cuestión mediática, sino también a las presiones, coyunturas, crisis. Eso se agradece y se valora mucho. En la parte económica, obviamente la opción que he tomado de ir al Hogar de Cristo implica ganar mucho menos, pero para mí no es tema. En la política estoy participando muy de base, muy desde una segunda línea. No descarto , más adelante, porque esto es dinámico, asumir algún desafío. Pero no tengo ánimo de volver al Parlamento.

—¿Cómo ha visto al gobierno de José Antonio Kast?

—Entró con el acelerador a fondo. Lleva tres meses y ha sido bien intenso. Yo pensé que iban a dosificar más, que iban a partir poco a poco, instalándose, afianzando los vínculos. En particular con Chile Vamos, sobre todo después de la segunda vuelta. El discurso de Kast, cuando ganó, fue muy conciliador, muy de unidad, muy de gobernabilidad. Y yo dije, bueno, acá van a construir esta alianza: Kast viene de la UDI, fue secretario general de la UDI. Pero en tres meses hay unas pugnas internas brutales. No incorporó a Chile Vamos en el gabinete, salvo dos piezas claves, yo pensé que iba a incorporar más, sobre todo a la UDI.

—¿Cómo definiría al gobierno: refundacional, ultraconservador?

—Yo creo que la categoría de extrema derecha, derecha radical como se llama en el mundo, está muy en sintonía con esto. No sólo Kast, también el Partido Republicano, que está mandando harto en esta etapa de gobierno. Sus decisiones, sus salidas, sus principales proyectos de ley o decisiones administrativas van mucho en esa dirección, que lleva a polarizar. Es consistente con lo que ellos plantean. Recordemos que José Antonio Kast se sale de la UDI y forma el Partido Republicano, se alía a ese ecosistema de partidos de ultraderecha en el mundo. Mira su viaje internacional en febrero, a quienes visitó, dijo yo soy de esta familia. Pensé que iba a moderar para la interna, pero no, fue con todo.

La seducción de la ultraderecha y los errores del progresismo

—¿Por qué cree que un proyecto de esas características obtuvo una votación tan grande, mayoritaria, en nuestro país?

—Es una buena pregunta, que debe ser parte del análisis y la autocrítica del progresismo. Hay dos claves que explican en parte esa gran votación. Uno, las expectativas en torno a la seguridad y la migración. Además, está el electorado nuevo de Chile, la gente que está votando desde el primer plebiscito constitucional de septiembre del 22, donde se incorporan millones de personas con el voto obligatorio que antes no votaban, y que inclinan la balanza al rechazo. Ese segmento de la población conecta muy bien con el discurso de José Antonio Kast, con los mensajes que instaló no solo en campaña, sino durante años. Esas dos expectativas que generó conectan muy bien con ese electorado.

Una tercera variable es lo económico. Muchos dijeron “acá viene un gobierno que va a generar oportunidades, empleo, crecimiento económico”, en medio de la sensación de país estancado.

—Más allá de esas variables, ¿cuánto pesa el votar contra el gobierno de turno?

—Eso es otro componente, el cuarto, que es la lógica del péndulo. En Chile se viene votando contra el que está ejerciendo el gobierno. En este caso no sólo contra el gobierno de Boric , porque tras la primaria amplia que ganó Jeannette Jara pesó también el anticomunismo. Muchos dijeron voy a votar contra los progresistas, pero además contra una candidata comunista. Y eso que Jeannette Jara dio prueba, como ministra del Trabajo, en la negociación en pensiones, en las 40 horas, en el salario mínimo, de ser muy dialogante con el empresariado. No te sabría decir con precisión qué pesó más, qué pesó menos, pero creo que todo eso influyó.

—Este congreso ideológico del Frente Amplio, ¿se hace desde la autocrítica o desde la reafirmación de los principios que venían de antes de la gestión de Boric?

—Es un congreso bien fundacional, porque es el primer congreso post fusión de colectividades, como RD, Convergencia, Comunes, que dieron nacimiento al Frente Amplio. Además, se da un contexto después de ser gobierno, después de la derrota del proceso constituyente, de cierta crisis. En medio de toda esa vorágine no habíamos tenido un momento tranquilo de reflexión con las bases . Y se da en este contexto, habiendo perdido el gobierno, iniciando este período de José Antonio Kast. Obviamente lleva a preguntarse cómo ha sido nuestra experiencia de gobierno, qué significó, lo bueno, lo malo, lo que no pudimos lograr, lo que quedó pendiente, las autocríticas. También del proceso constituyente. Pero además con una lectura más global. El fenómeno que nosotros denominamos de la ultraderecha en Chile, con Republicanos y Kast, se conecta con Trump, con Milei, con Orbán, con el auge de la ultraderecha a nivel global.

Pero, en lo central, nuestro debate es el Estado bienestar, qué significa el socialismo en el siglo XXI, en la relación con la democracia, la libertad, el mercado, el ecologismo, el feminismo. Eso se reivindica, pero también se problematiza.

—El proyecto constitucional de la Convención, ¿sigue siendo una referencia o ya se pasó página?

—Algunos elementos del texto siguen siendo parte de nuestras convicciones. Nosotros creemos que Chile debería avanzar hacia un Estado social y democrático de derecho, que se aterrice eso en la construcción de un Estado de bienestar moderno. Esto se vincula también a la modernización del Estado, que es una discusión muy fuerte que, por ejemplo, ha puesto Tomás Vodanovic sobre la mesa. Yo creo en un Estado social, pero moderno, eficiente, eficaz, que rinda cuentas, con transparencia. No achicar el Estado o el Estado subsidiario. Ahora, ¿eso significa que tenemos que ir por un nuevo proceso constituyente? No, no están las condiciones, al menos nadie se lo plantea en este ciclo. Poder hacer reformas constitucionales, sí. Pero además es un aprendizaje desde lo ocurrido en América Latina: somos buenos para las constituciones declarativas de grandes principios y derechos que están escritos, pero que luego no son exigibles o no se materializan en políticas públicas. A diferencia de Europa, que son constituciones más cortas, menos poesía, menos prosa, pero luego hay una institucionalidad robusta, por lo que modificar eso o privatizar eso no es fácil en democracia.

—Ese anclaje en los movimientos sociales, ¿no significó una cierta captura de la izquierda por parte de intereses particulares, impidiendo tener una visión más amplia de la sociedad?

—Eso que planteas fue muy evidente en el proceso constituyente. Además, en la forma como estructuramos ese proceso. No es achacable solo al Frente Amplio. Post estallido social decíamos queremos algo participativo, que por primera vez en la historia Chile tenga algo que no sea una Constitución escrita por una élite. Pusimos una serie de reglas: participativo, pueblos indígenas, movimientos sociales, paritario. Conseguimos esas reglas en el diseño. Y lo que salió es mucho de lo que tú dices: cada uno iba con su agenda, cada uno planteaba lo propio, lo particular, como intransable. Costó mucho el llegar a acuerdos. Tampoco reconocimos que en esa elección la derecha quedó subrepresentada, y la derecha existe, tiene poder, tiene influencia y tiene una sintonía con parte de la sociedad que iba más allá de esos escaños. Eso fue un error estratégico. Una Constitución es un pacto a largo plazo, son las grandes reglas del juego que definen los derechos, los deberes, las relaciones de poder. Tiene que tener una visión de conjunto, de bien común y no particularista. Hubo muchos elementos que no debieron estar en el texto, elementos que uno puede decir lo apoyo en una política pública, en una legislación, pero no en un texto constitucional.

—Usted fue senador de oposición y de gobierno. Hacer este proceso de reflexión estando en la oposición, ¿no puede generar una distorsión respecto a cómo se mira el futuro?

—Puede ser. Uno de los riesgos son los maximalismos, que después te pasan la cuenta. Porque el día de mañana queremos recuperar un gobierno progresista para Chile, que puede ser en cuatro años, en ocho años. ¿Usted declaró esto en su congreso ideológico? Si es muy pasado para la punta, en este contexto de ser oposición, te lo van a cobrar. El ser oposición y ser oficialismo tiene que ver con un tema de responsabilidad. Yo les pregunté a varios senadores cuando entré al Senado en 2018, senadores que venían de ser oficialistas con Bachelet II, pero también habían sido oposición con Piñera. Me decían “es muy distinto”. Cuando eres oposición, no tienes la responsabilidad, o el nivel es mucho menor, te puedes dar tu gustito, puedes poner ciertos puntos, te puedes oponer a ciertas leyes. Cuando eres oficialista y defiendes un gobierno, lo que dices, lo que haces, tus indicaciones, todo eso tiene muchas consecuencias.

—¿Le costó mucho ser senador oficialista?

—Fue complejo, fue difícil. Además, con todo lo que vivimos. Primer año y, al tiro, proceso constituyente y derrota. Fue un cambio de eje completo. Al día siguiente de la derrota, Boric hace un cambio de gabinete, saca a Giorgio Jackson del comité político, mete a Carolina Tohá, se reconfigura el comité político. Y fue, obviamente, a propósito de esto. Yo, además, era presidente de partido, y me tocó el caso Convenios. Fue durísimo. Todo eso siendo gobierno. Cometí errores, obviamente. En vocerías, fui errático en cuestiones comunicacionales y eso tiene más consecuencias siendo oficialista que siendo oposición. Uno con Piñera se dio gustitos, yo y muchos de los nuestros, Boric, Camila Vallejo, Jackson, nos dimos gustitos en el gobierno de Piñera, en el contexto del estallido, en el contexto de la pandemia. Uno después aprende, y también dice que madura, y dice que eso estuvo de más.

—Piñera no era un dictador como se voceaba…

—No, claro. Un sector de la calle decía eso, y que Piñera caiga. Tuvimos diferencias internas en la izquierda a propósito de eso. Yo decía, “ojo que esto puede ser un vacío de poder que lleve a Chile a una espiral de inestabilidad, mira los países vecinos”. Por eso reivindico y soy orgulloso del 15 de noviembre, donde se apostó por una salida democrática institucional, que después fracasó, pero ayudó a salir de la crisis.

—Piñera no era dictador. ¿Kast tampoco es nazi, como dicen algunos?

—No. Son caricaturas.

—¿Hay sectores políticos que creen que pueden ganar con la polarización?

—Sí, claro. Pero la polarización siempre es un riesgo al final, porque en la coyuntura te da mucho rédito mediático, el que más polariza aparece más en los medios de comunicación, en las redes sociales. Se hace más conocido y eso supuestamente te hace más competitivo electoralmente. . ¿Pero qué estás construyendo a largo plazo? Porque, al final, las personas en política pasamos y está bien que eso ocurra, pero los proyectos país se van debilitando.

—Con las caricaturas, además, se banalizan los términos. Si cualquiera es dictador, el concepto de dictadura se hace superficial, se frivoliza.

—Absolutamente. Esta discusión se inscribe en algo más global que es el debilitamiento de la democracia. La democracia liberal representativa, el pacto democrático global post Segunda Guerra Mundial, y en Chile post dictadura, no hay que darla nunca por sentada. La democracia se puede debilitar, se puede perder. O puede retroceder en libertades, en respeto a los derechos humanos. Una crítica de la que no me arrepiento, que levantamos con mucha fuerza, fue que en el contexto del estallido social hubo violaciones a los derechos humanos graves y acreditadas por informes internacionales y nacionales. Eso es una realidad y denunciar eso también es parte de la defensa de la democracia. Así como hubo violencia, saqueos, delincuencia, gente que se aprovechó de las protestas para hacer desmanes. Ambas cosas, con dimensiones distintas, afectan la calidad de la democracia.

—En este congreso del Frente Amplio, ¿qué se reivindica de la democracia liberal y cómo desde ahí quiere levantar un proyecto?

—Compañeros del Frente Amplio uruguayo que habían sido tupamaros, que habían sido compañeros de Pepe Mujica en las luchas revolucionarias de los años sesenta y setenta, que estuvieron presos mucho tiempo, decían: cuando pierdes la democracia, ahí te das cuenta y la valoras. Entonces, aunque tengas una pequeña oportunidad, una pequeña ventana, una puerta semiabierta para generar cambios, tal vez no todo lo que quieres, pero sí avanzar, eso hay que valorarlo y atesorarlo.

—El reformismo…

—El reformismo, sí. Teniendo un horizonte de transformación probablemente más profundo, pero que uno dice avanzar poco es mejor. Creo que Boric lo ha dicho y parte de su liderazgo estuvo ahí. Me tocó estar en la negociación de la reforma de pensiones. Boric fue bien claro. “Yo prefiero avanzar poco y lento en las condiciones que tengo, soy minoría, pero que la democracia dé respuesta en algo que la gente está esperando. Ya llevamos tres gobiernos con intentos y no lo hemos logrado”. Esa frustración no es gratis, se acumula. Yo prefiero avanzar poco y lento. Van a quedar pendientes. Cuando el pueblo nos acompañe y las mayorías nos acompañen, tal vez podremos ir a un paso siguiente. Eso es reformismo con un horizonte. Tiene que ver con valorar la democracia.

—Boric se jugó un capital político al marcar ese rumbo. ¿Significa decir “nuestro proyecto no es la revolución”?

—Yo vengo de Revolución Democrática, mira el nombre.

—Por algo le habrán puesto el apellido…

—Sí, sí. Por algo también nos inscribimos como partido político, juntamos las firmas, cumplimos la ley electoral, rendimos cuenta al Servel. Somos un partido dentro de un sistema de partidos en Chile. Optamos por este camino y no por seguir siendo movimiento social, estudiantil, feminista, ecologista. Quisimos construir un partido político que entra al Congreso, que es minoría, que es mayoría, que es gobierno, que es oposición. Que juega el juego de la democracia. Creemos en esto y creemos que, además, la democracia hay que defenderla y profundizarla. Nuestra mirada es que esta democracia puede estar amenazada hoy día por proyectos iliberales, que no necesariamente respetan o creen mucho en estas reglas del juego.

—Todo eso también supone una evolución de la izquierda, que ha validado el mercado.

—Yo creo que hay una lectura más global: el mercado juega un rol fundamental en la economía. La economía de mercado, la asignación de recursos, de precios. La pregunta política para la izquierda es si todo debe ser mercantilizado, o si hay áreas de la vida y de la sociedad que deben estar fuera de la esfera del mercado, o bien con una regulación mucho más estricta y una intervención de los poderes públicos mucho más estricta. Ahí hay temas sensibles, derechos sociales como la salud, como la seguridad social, como la educación. Nos preguntamos qué rol debe jugar el mercado en esas esferas, cuánto ha avanzado la lógica mercantilista en esferas que nosotros creemos que debieran estar fuera o con una regulación distinta. Necesitas un Estado que genere incentivos, que ponga reglas del juego, que ponga estándares, que planifique. El término planificación es muy de los sesenta, pero hay áreas en que hay que planificar lo público, incluso la colaboración público-privada.

Corrupción, Estado y los desafíos pendientes

—Mencionaba la necesidad de modernizar el Estado. ¿Es posible hacer eso? Requiere un consenso muy amplio, es una tarea larguísima, tiene resistencia.

—Sí se puede y sí vale la pena iniciar una agenda de modernización. A propósito de la discusión fiscal, de impuestos y de la mega reforma, si quieres más Estado en términos de más gasto público, más gasto social, eso implica más recaudación. Pero es legítimo que la gente que paga sus impuestos diga: “bueno, pero que esto se gaste bien, que se mida, se evalúe si hay eficiencia, transparencia, que no haya corrupción”. Primero hay que dar esa discusión versus esta otra visión ideológica que dice no, yo quiero bajar impuestos a los que tienen más porque eso supuestamente va a chorrear, va a generar crecimiento, empleo, y creo en un Estado más chiquitito que solo focalice en los más pobres. Esa es una visión ideológica que yo no comparto y que es parte de la disputa política. Pero hay que emprender una agenda de modernización, que tiene varios niveles; en los municipios, en el gobierno central, con los gremios, la carrera funcionaria. Hay países que llevan años en esto, tienen una buena planta de trabajadores públicos, que no son parte del gobierno de turno, sino que hacen su carrera, son evaluados, hacen mérito, tienen que formarse.

—¿Son evaluados de verdad? ¿Tiene consecuencia la evaluación?

—Son evaluados de verdad. Algunos pueden ser desvinculados si es que no cumplen con lo que tienen que hacer, o si tienen incumplimientos graves. Y los cargos de confianza política son pocos. ¿Por qué no avanzamos hacia un Estado así? En Chile es brutal la cantidad de gente que boletea en el Estado y hace pegas permanentes. Tenemos un problema bien estructural.

—Hoy día se han visto casos de corrupción con funcionarios del sistema bancario ligados al crimen organizado, a grupos que se dedican al lavado de activos. ¿Nos hemos hecho los lesos respecto a la corrupción?

—Yo creo que sí. Me impresiona la tozudez de la derecha en el debate sobre el sistema de inteligencia económica, que no es solo alzar el secreto bancario, tiene más componentes. Cuando hay sospecha, cuando hay alertas en el sistema financiero, en la Unidad de Análisis Financiero, el sistema debe operar más rápido. Porque el crimen organizado va pasos más adelante.

Además, veo un doble discurso. Por un lado, dicen: “Queremos mano dura contra la delincuencia, queremos subir penas, crear el catálogo de vándalos e incivilidades”. Pero, por otro lado, en la esfera económica, está el discurso de la libertad individual, que se va a meter en tu cuenta corriente. Por favor, si no se trata de eso. Se carga la mano firme, y normalmente coincide con los sectores más pobres, más vulnerables, mientras hay otros sectores con manga ancha. Mira esto de las apuestas online. La Corte Suprema las declaró ilegales y tú les vas a cobrar impuestos. Hay una contradicción ahí.