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En Melinka, un remoto pueblo en la isla Ascensión, región de Aysén, Chile, Alfredo y Paula se conocieron en 1986, durante la visita de un crucero Skorpios. A pesar de no intercambiar palabras, la conexión fue instantánea. Tras un efímero encuentro, se reencontraron gracias a cartas enviadas y, finalmente, se casaron en Chiloé. Tras vivir en distintos lugares, 40 años después y con dos hijas, residen en Georgia, EE.UU.
En el sur austral de Chile, en la región de Aysén, se ubica Melinka, un pueblo de poco más de 1500 habitantes en la isla Ascensión del Archipiélago de las Guaitecas.
En ese lugar, conocido por ser una de las localidades más antiguas de dicha región, se conocieron Alfredo Ovalle y Paula Susarte en 1986.
Todo inició cuando un barco de los cruceros Skorpios arribó a la isla, con decenas de turistas abordo.
Tal como relata la pareja a CNN, la conexión entre ambos fue inmediata, pese a que no cruzaron ninguna palabra cuando se conocieron.
“Es una zona remota, muy remota. Y en esa zona de Chile, el clima normalmente es muy malo. Pero cuando ese crucero llegó a la isla, hacía un día precioso“, contó Alfredo sobre el día en que conoció a Paula.
El barco se quedó en Melinka poco más de una hora, esto, pues, era la zona más cercana al trayecto con señal y un teléfono público, por lo que anclaron con el objetivo de que los pasajeros pudieran comunicarse con sus familias y luego retomar el viaje.
Pero entre ellos también estaba Paula, una fotógrafa santiaguina de -en ese entonces- 20 años, quien fue contratada por una revista nacional para capturar parte del recorrido y los fiordos australes del sur de Chile.
“Estaba en una etapa de mi vida donde tenía mucha libertad. Y entonces vi a Alfredo”, recuerda Susarte. Aunque para algunos el amor a primera vista puede ser un mito, para estos chilenos se convirtió en una realidad.
Cuando la fotógrafa desembarcó se sintió atraída instantáneamente por Alfredo. Tanto, que le dijo a su periodista: “Parece diferente a todos los demás”.
La conexión entre ambos fue espontánea. “La vi, y no pude apartar la vista de ella”, reconoció Ovalle.
Él en esa época se desempeñaba como supervisor de una pequeña planta procesadora de mariscos y pese a que vivía en Chiloé (al norte de Melinka), solía pasar mucho tiempo en la isla. El día que llegó el barco fue todo un acontecimiento para la pequeña localidad.
Y aunque Alfredo conversó con el colega de Paula sin dejar de mirarla, ellos no cruzaron ninguna palabra: “No sé por qué no le dije nada… Creo que no quería interrumpir ese momento mágico”, relató el chileno.
Pero el momento fue efímero, ya que el barco rápidamente retomó su curso. Desde la cubierta, la fotógrafa admiraba la vista del atardecer de Melinka, donde volvió a cruzar miradas con Alfredo. Ambos se saludaron a la distancia, mientras la embarcación desaparecía en el horizonte.
Aunque Ovalle corrió hasta un punto más alto de la isla para ver el barco, esa parecía ser la última vez en que vería a Paula.
Pero aún había esperanza, pues él le había dado su tarjeta de contacto al periodista que viajó con Paula.

El reencuentro de Paula y Alfredo
Ambos sabían que en Melinka había ocurrido algo entre ellos, por lo que cuando Paula escuchó que un compañero de trabajo iba a recibir la ayuda del hijo veinteañero de un amigo de su padre para instalarse en la isla, los recuerdos resurgieron.
Cuando confirmó que se trataba de Alfredo, el joven con el que cruzó miradas en el puerto, corrió a pedir la tarjeta de contacto a su colega.
“Así que escribí una carta y se la envié, junto con la revista, para que la viera”, recordó Paula. Sin embargo, lo que ella no sabía es que el misterioso hombre que había conocido en Melinka, había hecho lo mismo y una misiva se acercaba a ella desde kilómetros de distancia.
“Y así, por algún giro del destino, las cartas se cruzaron en el correo“, dijo Alfredo. Tan pronto como recibió el paquete, se comunicó al número telefónico de la oficina de Paula que ella había adjuntado en la carta.
En una breve conversación, ella le dio el contacto de su casa, donde conversaron más en profundidad, instancia en la que acordaron verse la próxima vez que Ovalle visitara la capital chilena.
Cuando volvieron a verse, confirmaron que su conexión era innegable. Tres meses más tarde se casaron en un hostal de Chonchi, archipiélago de Chiloé.

Durante tres o cuatro años, recuerdan, vivieron en Melinka “y fue mágico”, reconocen. Pero pronto se despedirían de la isla que vio nacer su amor para embarcarse en nuevas aventuras que los llevaron a la Columbia Británica (Canadá) y a Puerto Varas.
Transcurso en el que nacieron sus hijas Josefa (1992) y Luz (1996), con quienes se radicaron en Georgia (EE.UU.) cuando aún eran pequeñas y donde viven hasta hoy, tras casi 40 años de matrimonio.
Aunque sus hijas aún no conocen Melinka, el matrimonio aseguró que es una de sus visitas pendientes, pues esperan poder mostrarles donde comenzó todo.
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